A little Christmas, a trillion summers.

Otros rostros.
7 min readDec 25, 2021

Se sucede como un suspiro constante que me golpea el rostro y me agita las pestañas, se repite por delante y por detrás y es toda su sutileza y propia timidez la que me sacude en cuerpo y alma. Cuando anda cerca, cuando las antenas –esas que desarrollé en el momento en que supe que tenerlo en mi radar significaba más que ser consciente de su existencia como una extensión paralela a la mía, sino como una propia exploración interna que se refleja y traduce en constantes idiomas que aún no descifro de una impactante y absoluta verdad– eligen elevarse y moverse como remolino de feria en el centro de una corriente de aire, un lunes de primavera con grados veraniegos se siembra en la base de mi columna hasta abrasar todo mi interior y consumarlo en una única especie hecha y deshecha para su uso personal. Renazco en tantas piezas como los granos de arena de aquel castillo a medio terminar de la navidad que pasamos en la costa, misma que inventé en algún sueño utópico que elijo repetir constantemente, y me compacto hasta empequeñecer y reducirme al tamaño exacto de su mano. Entonces suspiro, tiemblo y me renuevo una y otra vez con la intención de llamar su atención, con el deseo de un pajar deshabitado por ser tomado con ansias y necesidad, por ser elegido y acogido en el más recóndito y tranquilo espacio de su mente, de su alma, de su espíritu que de a ratos se confunde con el mío y más que nunca añoro que seamos el mismo. Encontrarlo en su plenitud y hallarme ajeno y semejante en partes iguales, sorprenderme al ver su rostro porque sus ojos comparten mis pupilas y mis cejas se arquean en dirección a su frustración reprimida, alzar la mano para acariciarle el pecho y confundirla con su diestra que me toma del pelo y me hace entender que no tengo escapatoria si no es para hundirme en toda su longitud, si no es para sumergirme en la curvatura de su cuello hasta que el hambre, la sed y el calor del mundo se queden cortos con la injusticia de quienes lo padecen y consuman cada esquina de la existencia con el único propósito de que su aroma se inmortalice y renazca en cada flor de invierno, esas que son capaces de serme regaladas en mi cumpleaños, todos esos gestos provocan que pierda un poco la razón y me convenza de que tengo que iniciar de cero en todo concepto anteriormente ingerido, y ahora usando apenas sus palabras susurradas en mi oído cuando el sueño lo voltea y me lo quita del abrazo –pero nunca de mi cabeza–.

Me revuelco en un constante deseo de redimirme de cierto pasado en el que pensaba en mi individualidad y no me atrevía a buscarlo entre las hojas de los árboles en otoño y las piernas largas de quienes caminan y pisan con fuerza al toparse conmigo en plena Corrientes, y dentro el pluralismo de la palabra, eximirme de la esclavitud que me ancló y martirizó con tanto descaro en una tierra prometida en la que sólo habitaban mis pensamientos y mi miedo a nunca encontrarlo, donde mis plegarias por verlo a la vuelta de la esquina se desdibujaban en las orillas de los cordones más amarronados que amarillos, y las bocinas de los autos me carcomían las horas de sueño que ahora no necesito porque sentir su sombra persiguiendo a la mía es el único descanso digno de tomar a cuenta gota, saboreando de principio a fin, sin angustias ni idealizaciones.
Incesantemente me veo moviéndome al borde de esa boca que me sonríe y me enciendo desde las plantas de los pies hasta la última hebra de cabello, y todas las canciones que dediqué, todas las lágrimas en las que chapoteé, y todas las películas que robé del cibercafé de la esquina de avenida Rivadavia ya no tienen peso, no tienen una acepción dentro de este cuerpo que no es sino un cascarón martillado y agrietado con una dulzura inconcebible a toda hora, todo almuerzo, merienda y cena. No existe un sentido para la personalidad que forjé entre tantas líneas aprendidas y repetidas, no le hace justicia ningún discurso premeditado y entonces todas las escenas románticas que se reproducen una y otra vez como una secuencia fotomática en el garaje del lado izquierdo de mi mente se tornan nubladas y sinsentido ante la angustia que me genera no poder ponerle otro rostro si no es el suyo, de no escuchar una risa sin que la suya haga eco, de no haberle cedido este puesto mucho antes de su llegada. Pero algo en esa silla vacía de cine tamaño-baño-de-monoambiente con alguna inicial mal tallada a punzón en la cara interna de su respaldo me dice que su arribo estaba tan anticipado como mi propio nacimiento, que las huellas encima de la alfombra consumida por la humedad en la parte trasera de la casa en la que vivía a mis 8 años, cuando lloraba porque nada me angustiaba más que no tener con quien jugar, eran suyas de un futuro inminente en donde su hombro y el mío iban a terminar tocándose al caminar en direcciones contrarias en nuestros veintes, y desde ahí un bucle temporal nos uniría para que ya no tuviera quejas acerca de la soledad, el miedo, el amor, el sol, la sombra, el hambre, la sed, el viento. Para que mi risa y la suya se amoldasen de tal forma que las paredes de mi habitación se confundieran por la madrugada al no saber cuál tragarse primero, para que la casa entera suspire de resignación al empaparse de un eco tan brillante y vivo, y la estación de radio dejara de ser otra que unos simples llantos lastimeros de quien no entiende demasiado de la vida pero está dispuesto a darlo todo por quien valga la pena.
Es esta la forma en que un suspiro que me aletea sobre los párpados se transforma en huracán y uno sucumbe a la locura y desesperación imaginando una explosión ineludible que reduce el corazón en partículas de color morado de tanto sentir, que el estómago se va a empachar de tantas mariposas y las manos no van a dejar de temblar, burlando con exageración la figura de origami que hice a escondidas bajo el ventilador de la cocina de mi abuela deseando poder enseñarle alguna tarde de domingo a hacerlas en conjunto.
Se me da por preguntar si esto no es una consumación de mi propia manifestación al soplar la pestaña que se abrazaba con furia sobre mi pómulo la tarde que escribí un poema para mi mejor amiga, hablando del deseo, los sueños y la inconsciencia de quien no se atreve a imaginarse en un puesto que le preceda al que ocupamos en cierto presente de adolescencia. O aún peor: una alucinación de aquellas que intentan tapar el sentimiento de soledad después de ver un cortometraje de amor desesperado, desenfrenado, descarado e infinitos calificativos con el prefijo /des/. Para calmar mis ansias formulo en voz alta algunas preguntas que se enredan entre sí y en su capricho buscan pronunciar más de una vez su nombre, romper sus sílabas y palparlas en pausas que sólo sirven para entrañarme un deseo mayor por tenerlo de frente y degustar todas las letras que puedan salir de su boca, pero a este punto una respuesta audible se vuelve obsoleta y con cerrar los ojos me permito empapar mi cuerpo con todas las melodías que corresponden a su escala personalizada. Me es suficiente con estirar mi mano y entrar en su campo energético, con susurrar en plena madrugada la idea más descabellada de un interés algo repelente y oxidado y que la respuesta a mi estupidez adquirida sea ni más ni menos que el temblor de su sonrisa pegada con paciencia en su rostro; todo esto me basta y me sobra para delirar en una nube de lirios.

Resulta tan fácil perder la cabeza y ver a la locura y la cordura como antagonistas preciosos en sí mismos aún si exceden de mi propia existencia, porque no hay nada más de lo que soy acá y ahora, y no existe menos que un yo-y-él que es igual a un él-y-yo en plena oscuridad, saltándonos las formalidades como en el primer encuentro, transformando nuestro propio lenguaje, y abrazándonos a la incapacidad de salirnos de un pluralismo que nos une como chicle derretido en la acera de un diciembre. Somos uno y soy con él, que es lo mismo que decir: no soy nadie y me reinvento cuando no me ve, soy todo y todos los de esta ciudad cuando me siente, que se traduce a un: lo siento siempre, está acá; soy yo y soy él, soy suyo y cruzo los dedos para que su ambigüedad sea la misma pieza de él siendo mío, porque se rompen las barreras de espacio-tiempo cuando nos unimos, y se crea un multiverso de infinitos yo, incansables nosotros cuando nos alejamos. Entonces todo es su rostro que es igual al mío, todo es mi risa que nunca será tan calmante como la suya, y todo es su mirada que es la sombra de mi reflejo pegado más allá de su iris cuando intento adentrarme a lo recóndito de esto que nos moldea y nos convierte en compañeros inevitables. Porque él es yo y cuando somos, procedemos del amor.

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Otros rostros.

Solía pintarme la cara y mancharme los dedos con tal de ver una cosa tan natural como el cielo: mi risa, mi llanto, la agonía que venía después.