Introspección a la sombra.

Otros rostros.
3 min readAug 6, 2021

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Hay algo. Explota, chispea, burbujea incesantemente en mi pecho y se desliza, con la gracia de pangea al quebrarse en mil pedazos, desde el nacimiento de mis hombros hasta las puntas de mis dedos. Se revienta con la sensibilidad de un recién nacido en cientos de lágrimas reprimidas bajo la emoción de los actos reflejados en tus pestañas, me busca con la necesidad de ser acunado en mis brazos hasta entregarle vida, y entonces me desarmo.

Hay algo que me asfixia y me reanima, me sacude, me exprime y comprime hasta verme volar por los aires en pequeñas plumas impolutas de un mismo ser ansioso. Me siento como la Mamushka menor, sacudida en el fondo de la coraza en el deseo de ser descubierta bajo las capas de anhelo y olvido paralelos. Pero es que hay algo, te lo digo. Me expande el estómago y lo retuerce hasta sólo sentir sed. La sed que quema, la sed que arde, la sed que advierte que la copa está medio vacía y nunca estará medio llena porque la satisfacción nunca es culminante, sólo decepciona. Las hormigas que viven en los cimientos de mis zapatos corretean sobre la planta de mis pies y echan raíces al canto de un augurio celta, advirtiendo que todo lo que se viene es un simple viaje de ida. Y entonces se rompen mis tendones y quedo adormecido en el suelo de granito, de mármol, de césped, de peces, de… ¿de qué? Es que, hay algo. Hay algo que eriza mis cejas y me tira del cabello con todas sus manos, todas sus garras, y me empuja hacia delante. Me lleva a rastras, me susurra amablemente, torpemente, suavemente, y luego me desgarra el cuero cabelludo para que todas mis ideas, suposiciones y valores manchen en concreto de color azul incipiente. Me trata con cuidado, con ferocidad, con instinto maternal, con ausencia paternal, con hambre de saber verdades y crear mentiras hasta fusionarlo todo en una mísera realidad. Me despoja de los miedos, de las virtudes, de los olvidos; me drena las memorias, las visuales y corporales; me ensordece de los paisajes y me extirpa los sentidos para entregarme unos nuevos.

Hay algo, y me da vueltas en la cabeza en la dirección de las manecillas de un reloj japonés, de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha y todo lo que conlleva a ser viceversa. Me prepara como una ensalada de infortunios, me revuelve en un lugar seguro y me amenaza con ser comido por miles de bocas sangrantes. La idea del criticismo se sirve como aderezo especial de la casa, y mi cuello se ve sostenido en una bandeja de plata para todo bienaventurado que me admita a los ojos que hay algo. Y está dentro mío, me abraza por las piernas y me baja los pantalones, me baja de las nubes y me hunde entre las sábanas hasta ahogar mi respiración quebrada. Pero no me animo a abrazarlo de vuelta, entonces se enoja, y deja de ser algo. Empieza a ser alguien, y si no hago nada para frenarlo, terminará por elegirme.

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Otros rostros.

Solía pintarme la cara y mancharme los dedos con tal de ver una cosa tan natural como el cielo: mi risa, mi llanto, la agonía que venía después.